Yeshua de Nazaret, también conocido como (T.C.C.) Jesús, que es la traducción griega de su nombre hebreo, ha estado en el centro de la controversia desde su mismísima aparición en la escena político-religiosa. ¿Es dios? ¿Es el hijo de dios? ¿Es dios y su propio hijo al mismo tiempo? ¿Realmente existió Yeshua – T.C.C. Jesús? ¿Fue un líder revolucionario en contra de la ocupación romana? ¿Vino a salvar a los judíos? ¿Vino a salvar a toda la humanidad? Esas son algunas de las preguntas que he venido escuchando desde que tenía 15 años.

         

       Comencé a buscar respuestas en otras personas. Primero me acerqué a algunos católicos. Me dieron su punto de vista, pero no me convencieron. Decían una cosa, pero hacían lo contrario. Después me aproximé a algunos testigos de Jehová. Me dieron su versión del cristianismo, pero tampoco me gustó. Al final, me acerqué a algunos evangelistas. Me disgustó su actitud hacia Yeshua – T.C.C. Jesús.

         

       Allí estaba yo; en el mismo lugar en el que había empezado. Entonces, un amigo mío me regaló un libro. No recuerdo ni el título ni el autor. Lo que sí recuerdo es que al final decía, “Para obtener información más amplia, lea los evangelios”. “Por su puesto”, me dije, “tengo que dejar de preguntarle a las personas. Tengo que leer la fuente.” En ese instante recordé que un día me habían regalado una biblia de bolsillo. Sólo tenía el nuevo testamento, pero servía a mi propósito.

         

       Esa tarde inicié a leer el primero de los evangelios, el de Mateo. No paré hasta que terminé de leerlo. Para ese tiempo ya estaba oscuro. 

         

       Al día siguiente, después del trabajo, di comienzo a la lectura del segundo evangelio, el de Marcos. No pude evitar notar que había ciertas discrepancias, pero realmente no me molestaban ya que eran menores, así que seguí leyendo.

         

       No fue hasta que leí el evangelio de Lucas cuando me di cuenta que, contrario a lo que la gente piensa, Los evangelios no se complementan, ¡se contradicen!


       Esa noche me fui a dormir hasta que terminé de leer el último de los evangelios, el de Juan. Al día siguiente comencé a releerlos, pero esta vez tenía un cuaderno y una pluma conmigo. Inicié a tomar notas al momento que leía. Para cuando terminé, habían pasado varias semanas. Grande fue mi sorpresa al enterarme de que el libro que todos consideraban perfecto, tenía tantas imperfecciones.     


       Intenté escribir un libro acerca de esas irregularidades, pero no tenía ni el tiempo ni los medios para hacerlo, así que desistí.


       Ahora que tengo todos esos factores a mi favor, estoy listo para compartir mis hallazgos.


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