La primera pregunta que me hacen los creyentes al enterarse de que soy Ateo es, “¿Y qué haces cuando tienes problemas? ¿A quién le oras?” Como ellos están acostumbrados a que el dios en que creen les “resuelva” todos sus problemas, no pueden concebir que haya individuos que no oren para que sus problemas sean resueltos.


       Los Ateos aprendemos a ser prácticos. Como sabemos que no hay ayuda exterior, tenemos que saber utilizar la ayuda interior, nuestro razonamiento. Cuando tenemos un problema, en vez de orar, analizamos las posibilidades que existen para resolverlo y comenzamos por la más viable. Si esa no funciona, vamos a la siguiente, y así sucesivamente hasta que el problema se resuelve.

Otra pregunta que me hacen es, “¿Qué haces para alimentar tu espíritu si no crees en dios?” En primer lugar, lo que los creyentes llaman espíritu, yo llamo sentimientos. La felicidad es uno de los más importantes. Yo me encuentro en una búsqueda constante de la felicidad, debido a que es el más efímero de los sentimientos. Cuando la tengo, la disfruto lo más que puedo y cuando se aleja, continúo en su persecución hasta volver a lograrla. Llegué a descubrir que lo que verdaderamente me reconforta es el viaje, no el destino.


       El amor es otro de los sentimientos que también llena mi ser. Uno debe practicar todos los tipos que hay de este sentimiento. El amor que nos profesamos en mi familia es constante y verdadero. El darlo es tan satisfactorio como el recibirlo. Este sentimiento hace que la armonía envuelva el ceno familiar, lo que hace a la efímera felicidad un poco más duradera.


       Una persona alguna vez me preguntó si los Ateos no teníamos buenos principios y buena moral por no tener bases religiosas. Le contesté que aunque la religión cristiana trató de crear un monopolio de la moral, no fueron ellos quienes inventaron la moralidad y los buenos principios. El respeto al semejante; el amor filial, la honradez, etc.  ya existían antes de la aparición del cristianismo en la escena político-religiosa. Lo único que hicieron fue manipular la moral para imponerla a la feligresía, y a la vez exentar a la iglesia y a sus miembros de lo mismo que predican. Dicen que es pecado mortal que mates a alguien, pero la jerarquía eclesiástica te puede matar a ti sin que sufran ningún castigo.


       Siempre que hago el comentario de cómo los eclesiásticos están siempre dispuestos a matar para conservar su feudo, surge algún creyente diciendo que los Ateos también matamos. Ponen como ejemplo a Joseph Stalin y a Mao Tse Tung. Argumentan que los regímenes que ellos impusieron en sus respectivos países tenían tintes genocidas porque ambos dictadores eran Ateos. Yo reviro diciendo que los instintos genocidas de esos gobernantes no son consistentes con los instintos de un Ateo, son consistentes con los de los dictadores.

Todos dictadores, sin importar su religión o su manera de pensar, tienen que recurrir al genocidio porque gobiernan a través del miedo. Por conservar el poder, están dispuestos a aniquilar a todos aquellos que cuestionan su proceder. Augusto Pinochet de Chile, católico; Sadam Hussein de Irak, musulmán; Joseph Stalin de Rusia, Ateo; Porfirio Díaz de México, católico, y la lista se vuelve interminable. Como pueden ver, lo que tienen en común estos funestos personajes no es su Ateismo, sino su sed de poder. Por ello, están dispuestos a cometer toda clase de atrocidades en contra del pueblo. Sus acciones no tienen nada que ver con las de los Ateos.


       Es falso que la creencia en algún dios frene el instinto maligno de las personas. ¿Acaso piensas que todos los criminales que ahora pueblan las cárceles del mundo y los que deambulan por las calles sin ser detectados son todos Ateos? Estoy seguro que el 99% son creyentes y eso no les evitó cometer los crímenes. Los propios papas sentados en el Vaticano han ordenado asesinatos, y los curas pederastas han abusado de niños inocentes. Su creencia en su dios no los desanima de cometer esos delitos. Y no lo hace porque ellos perfectamente saben que al morir, no hay castigo alguno. Le vendieron la idea del infierno al ciudadano común, pero ellos nunca la compraron.


       Los pastores, ministros y sacerdotes no se cansan de decir que su dios une a las familias. No pueden estar más equivocados. A pesar de que dicen que todos adoran al mismo dios, cuando algún miembro de la familia decide seguir a otra secta o denominación, esta persona es segregada y criticada. El dios “unificador” se vuelve motivo de desencuentros. Al pasar el tiempo, las familias se distancian cada vez más y las diferencias se vuelven irreconciliables.


       Los Ateos somos mucho más tolerantes. Un ateo nunca le deja de hablar a un miembro de su familia porque sea creyente. Nosotros aprendemos a aceptar las diferencias sin cuestionar más allá de lo razonable.


       Como todo poder político, la iglesia ha basado su supremacía en el miedo. Le ha inculcado  a la feligresía el temor al más allá. Los creyentes viven en un miedo constante: no haga esto porque es pecado; no hagas lo otro porque te condenas; no hagas esto otro porque te vas al infierno. Constantemente te recuerdan que debes tener temor a “dios”. Tan acostumbrados están los feligreses a vivir con miedo, que piensan que esa es la única forma de vivir. ¡Qué equivocados están! Es posible vivir sin el constante temor a condenarse.

Las acciones que por naturaleza son malas, como la deshonestidad o el asesinato se deben evitar, no porque se ofende a “dios”, sino porque con ello se lastima a las demás personas. Los “pecadores” piensan que con el simple hecho de confesar sus delitos a un sacerdote, sus acciones se borran. Tal vez se borren para él o ella, pero ni el sacerdote ni el que comete las faltas piensan en las victimas de los perpetradores. El sacerdote nunca se acerca a las personas que fueron lesionadas para reconfortarlas y nunca le exige al criminal que resarza el daño para ser perdonado. Lo único que éste tiene que hacer es dar una limosna y rezar.


       Muchos cristianos se vanaglorian diciendo que eran drogadictos, asaltantes, violadores y que ahora son gentes de bien porque Yeshua ?T.C.C. Jesús? los salvó. Tal vez los haya salvado a ellos, pero ¿quién recompensa a las víctimas? 


       El hecho de que yo viva una vida sin miedo al infierno, no implica que lleve una vida llena de libertinaje y excesos. Los Ateos somos gentes decentes. 


Hay quienes abandonan a sus hijos por estar metidos todo el día en el templo, en la iglesia o “predicando” casa por casa. Por buscar su “redención”, condenan al abandono a los que deberían ser los objetos de su devoción. El propio Yeshua ?T.C.C. Jesús? dice que el que ame a sus padres (o a sus hijos) más que a él, no merece su atención. Por seguir este estúpido mandato, los creyentes están dispuestos a desatender  a su propia familia y todo para engrosar las cuentas bancarias de los ministros de sus respectivas iglesias. Porque no se equivoquen; tal vez los que salen a predicar puerta por puerta lo hagan de buena voluntad, pero lo único que están haciendo es conseguir más clientes para que sus líderes sigan llevando su vida de lujos y excentricidades. Entre más adeptos tiene una iglesia, más ricos y poderosos se vuelven sus fundadores.


       Los creyentes dedican su vida a la búsqueda de la “vida eterna” sin darse cuenta que por perseguir una quimera, desperdician la única vida que por seguro tienen.


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